Daniel servía con excelencia en el imperio persa y el rey Darío pensaba ponerlo al frente de todo el reino. Sus rivales, que no hallaban falta en él, convencieron al rey de firmar un decreto: durante treinta días nadie podía pedir nada a ningún dios ni hombre excepto al rey. Daniel, al saberlo, subió a su cuarto y oró como siempre, con las ventanas abiertas hacia Jerusalén. Fue denunciado y arrojado al foso de los leones. El rey pasó la noche sin comer ni dormir. Al amanecer encontró a Daniel vivo: Dios había enviado su ángel.
«Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones.»
Ser fiel a Dios puede costar, pero Él nunca abandona a quien confía en Él.