Caín y Abel, hijos de Adán y Eva, tenían ocupaciones distintas: Abel era pastor de ovejas y Caín labrador de la tierra. Llegado el tiempo, ambos presentaron una ofrenda a Dios.
Abel ofreció lo mejor y más primoroso de sus ovejas con un corazón sincero, mientras que Caín llevó frutos de la tierra sin la misma actitud. Dios miró con agrado la ofrenda de Abel, pero no la de Caín, lo cual llenó a Caín de celos y tristeza.
Dios le advirtió a Caín que el pecado estaba a la puerta, pero que él debía dominarlo. Lamentablemente, Caín no controló su enojo, llevó a Abel al campo y le quitó la vida.
Cuando Dios le preguntó a Caín por su hermano, él respondió: «¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?». Dios sancionó a Caín, mostrándonos que el odio destructivo rompe nuestra relación con Él y con nuestro prójimo.
«Amaos los unos a los otros con amor fraternal.»
Dios quiere que amemos a nuestros hermanos y amigos, evitando los celos y la envidia. Cuando sentimos enojo, debemos pedirle ayuda a Dios para hacer lo correcto y cuidar a los demás.