Judá duró unos ciento treinta años más que el norte, pero repitió los mismos errores. «Jehová el Dios de sus padres envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros... mas ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios».
Nabucodonosor llegó en tres oleadas. La primera (605 a.C.) llevó jóvenes nobles como Daniel; la segunda (597 a.C.) al rey Joaquín y a Ezequiel; la tercera, en 586 a.C., fue el final. Tras dieciocho meses de asedio y hambre extrema, los caldeos abrieron brecha. El rey Sedequías huyó, fue capturado en Jericó, vio morir a sus hijos y fue cegado y llevado en cadenas.
Nabuzaradán quemó el Templo, el palacio y todas las casas grandes, derribó los muros de Jerusalén y se llevó las columnas de bronce y los utensilios sagrados. Solo quedaron los más pobres para labrar la tierra.
El pueblo cantó junto a los ríos de Babilonia: «¿Cómo cantaremos cántico de Jehová en tierra de extraños?». Pero la promesa seguía en pie: setenta años, y después el regreso.
«Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos.»
Incluso cuando todo se derrumba, Dios no abandona a los suyos. La cautividad tenía fecha de fin: setenta años y volverían.