El reino del sur, Judá, tampoco escuchó a los profetas.
El rey Nabucodonosor vino desde Babilonia con su ejército. Rodeó Jerusalén, rompió las murallas y quemó el Templo tan bonito que había construido Salomón.
Mucha gente fue llevada muy lejos, a Babilonia.
Allí lloraban y se acordaban de su tierra. Pero Dios les prometió: «Volveréis». Y así pasó, muchos años después.
«Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos.»
Incluso cuando todo se derrumba, Dios no abandona a los suyos. La cautividad tenía fecha de fin: setenta años y volverían.