Dios plantó un huerto en Edén y allí puso a Adán y a Eva. Todo era suyo para disfrutar, con una sola condición: no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal.
La serpiente se acercó a Eva y sembró una duda: «¿Conque Dios os ha dicho...?». Después mintió: «No moriréis, seréis como Dios». Eva vio que el fruto era agradable, lo tomó, comió y dio a su marido.
Al instante se dieron cuenta de que estaban desnudos, cosieron hojas de higuera y se escondieron entre los árboles. Dios preguntó: «¿Dónde estás tú?». Adán culpó a Eva, Eva culpó a la serpiente.
Hubo consecuencias: dolor, trabajo duro y salir del huerto. Pero en medio del juicio Dios dio una promesa: de la descendencia de la mujer vendría Aquel que aplastaría la cabeza de la serpiente. Es la primera vez que la Biblia anuncia a Jesús.
«Por la desobediencia de un hombre muchos fueron hechos pecadores, y por la obediencia de uno muchos serán hechos justos.»
Dios nos da libertad, pero también límites que nos protegen. Desobedecer trae consecuencias tristes; aun así, Dios no dejó de amar a Adán y Eva y prometió un Salvador. Cuando nos equivocamos, podemos correr a Dios y pedirle perdón.